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El Mundo de los Valores

SOBREVIVIR EN EL MISMO «HOGAR» CON TU EX

CONVIVIR CON TU EX

En la vida de los seres humanos existen periodos de dificultad y en medio de las etapas conflictivas hay momentos decisivos, uno de los más difíciles es poner fin a la relación, más aún cuando se trata de dar por terminada aquella en la que se ha convivido con la persona que se creía, sería la que acompañaría el resto de la vida y con quien idílicamente se esperaba compartir los mejores momentos de la vida hasta la vejez, superando las adversidades propias de la vida personal, de pareja y familiar.

En ese proceso de ruptura las diferentes estancias de lo que, en pareja construyeron como hogar, dejan de ser el lugar de regocijo, paz, descanso y alegría para pasar a ser una especie de laberinto en el que confluyen reclamos, críticas, acusaciones, indiferencia, desconsideración y un largo etcétera de sentimientos, comportamientos y actitudes que afectan gravemente la salud emocional, física y mental de los dos e incluso de los hijos.

Todo esto sucede por una razón; ya no se encuentra en el otro a esa pareja que se amó, sino al «ex» con toda su carga de resentimientos y «defectos» que antes no se advertían o que simplemente se toleraban. Aunque en muchos casos no se trata de que esos llamados  «peros» o «desperfectos» del otro hayan estado presentes durante toda la relación, sino que con el paso del tiempo, se van desarrollando «vicios», estados de humor negativos, falta de cortesía y consideración con el otro; y entonces se van diluyendo hasta desaparecer las virtudes y detalles que alimentaban el amor como la delicadeza, la ternura, el buen trato, los pequeños detalles de cariño, la gratitud, las frases de afecto etc. De este modo todo se hace rutinario y tosco; nos «acostumbramos» a convivir con el otro, sin avivar la llama del amor.

Durante la etapa de «las mieles» de la relación, se van construyendo recuerdos maravillosos en el día a día con cada acontecimiento, con cada logro conseguido en pareja, con cada momento compartido cargado de alegrías, risas, sueños e ideales planteados y metas cumplidas; con el disfrute de la compañía del otro, pero llega un momento en que vemos desvanecerse poco a poco esa «persona ideal» y surgir un «extraño» o «extraña» colmado (a) de «asperezas»  que van destruyendo el amor con lo que, consecuentemente,  van apareciendo un torbellino de sensaciones, sentimientos y emociones que hacen daño a ambos miembros de la relación (incluso a los hijos, si los hay); y ese cúmulo de emociones  es normal en cualquier pérdida importante, puesto que todo ello hace parte de lo que llamamos «duelo».

No obstante esta situación, que en sí ya es difícil de sobrellevar por parte de la pareja (o la ex pareja, refiriéndome a los dos); se puede tornar casi insostenible, cuando una de las partes afectadas sustrae o toma de la realidad, que está experimentando, los «recursos» para atacar o agredir en algún modo al otro. Peor aún cuando el otro «toma su escudo y armas» para defenderse y a la vez responder al ataque; lo que termina incrementando el estrés, el sentimiento de frustración y alimentando los resentimientos, por supuesto nada de esto es saludable para ninguno de los dos y se terminará afectando también a las personas del entorno más cercano, en éste caso los hijos.

Es posible salir adelante

Sin duda no es fácil la experiencia de vivir en la misma casa con quien ya no representa los ideales de éxito, felicidad y amor planteados y soñados al iniciar la relación; pero si se permiten mutuamente la oportunidad del diálogo sereno y maduro, es posible llegar a establecer conjuntamente una serie de reglas que les permitirán llevar una «relación» y convivencia enmarcadas en el respeto, la armonía e incluso el apoyo mutuo en las tareas y obligaciones comunes, lo que involucra esencialmente la crianza y «edificación» de los hijos pero también el ámbito económico, esto es ingresos y gastos del «hogar» así como los quehaceres propios de la casa.

Dentro de los puntos que se deben analizar y concertar se encuentran los siguientes:

1. Centrarse en lo que tienen actualmente en común o lo que «los une»: hijos (si los hay), los deberes de supervivencia económica, vivienda  y gastos generales del hogar, además de la honesta disposición y el firme compromiso para llevar una relación tranquila y respetuosa.

2. Bajo ninguna circunstancia se debe permitir traspasar el límite de quebrantar el respeto por el otro; aunque ya no lo ames, el respeto es fundamental para poder sobrevivir sin hacer de cada día un remolino de disgustos, ofensas y maltrato emocional; las conversaciones siempre deben ser respetuosas, sin recurrir a los gritos, al insulto, o incluso a las odiosas comparaciones y menos aún cruzar la frontera de ofender mediante la invocación de los «defectos» familiares del otro; siempre se debe recordar que nadie debe ser juzgado por las actuaciones de terceros así se trate de la familia, además cada persona es un mundo distinto e independiente.

3. Compromiso con las obligaciones adquiridas, tanto en la casa como con terceros. Independientemente de los problemas personales o familiares de cada uno, estos no deben interferir con las responsabilidades y obligaciones sociales o laborales por ejemplo. Lo personal se mantiene en el plano personal para que no afecte los demás campos del desarrollo de la persona como su desempeño en el trabajo o con las demás actividades fuera del «hogar» o en este caso de lo que se ha convertido en una «hoguera», como le escuché decir a un conferencista alguna vez.

4. En lo posible, no involucrar a terceros que terminarán afectando  aún más la convivencia, ya que tomarán partido por quien sea su familiar o amigo.

5. Establecer y respetar límites en lo que se refiere a las necesidades, gustos, espacios y privacidad del otro

6. Separar las emociones, se debe tener en cuenta que ya no son una pareja y por tanto no tenemos «derechos» sobre el otro y su forma de ser o conducirse, (siempre y cuando se respete desde todo aspecto ético, moral y espiritual las normas del hogar).

7. Los gastos se deben compartir de forma equitativa (especialmente si se perciben ingresos de forma equitativa), no se puede tomar como excusa la ruptura para evadir las obligaciones con la casa y la familia constituida (aunque la pareja ya no se ame). Sin embargo se harán acuerdos al respecto, si uno de los dos percibe mayores ingresos o se da el caso en que el otro (suele suceder con más frecuencia en la mujer) no tenga ingresos económicos porque se dedica estrictamente a las labores del hogar (limpieza, preparación de alimentos, cuidado y crianza de los hijos y en general todas las tareas domésticas); en el citado caso, está claro que el aporte de esa persona es y seguirá siendo el trabajo doméstico, que al igual que cualquier otro, demanda tiempo (completo) y dedicación, además de exigir esfuerzo físico y en muchos casos sacrificios.

8. Si es el caso, que los dos tienen un trabajo remunerado y aportan al sostenimiento económico del hogar, las tareas de la casa también se deben desarrollar con la colaboración de ambos o de todos si hay hijos en capacidad de contribuir; para lo cual se deben establecer también compromisos para las partes.

Habrá muchas otras pautas de convivencia que pueden adoptar en común acuerdo, teniendo en cuenta las necesidades y exigencias propias de cada uno, ya que no todas las personas son iguales, obviamente todas las «parejas» también son distintas y el estilo de vida así como las necesidades son también diferentes; de lo que se trata es de llegar a acuerdos que le permitan a los dos (o a la familia) vivir en sana armonía, aunque ya no se relacionen como pareja, vale la pena recurrir a los valores que cada uno tenga para aportar a una convivencia sosegada, por el bienestar emocional, mental y físico de ambos.

Por: Marynela Florido S.

Club de la Vida.

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