Mientras más valor tenga una meta, más esfuerzo se requerirá para alcanzarla. Asimismo, mientras más lejos se quiere llegar, más trabajo tomará.

Pero nuestra zona de confort nos inclina a relacionar las palabras “esfuerzo” y “trabajo” con la palabra “sacrificio”, un concepto cargado de connotaciones negativas y des-estimulantes.

En términos prácticos, la palabra “sacrificio” o “esfuerzo”, no son buenos argumentos de motivación (casi nunca).

En cambio, la palabra “meta” tiene la clave, porque está relacionada con ideas llenas de resonancia positiva en nuestra mente: finalidad, ambición, ilusión, objetivo, rumbo, decisión, desarrollo, crecimiento.

La meta representa el motivo del esfuerzo. Por lo tanto, mientras más clara se defina una meta, más motivados estaremos de hacer el esfuerzo que haga falta para alcanzarla.

Suena simple, pero en la práctica no lo es; definir metas con claridad tiene sus retos:

1. No es algo intuitivo. Necesita aprenderse. Hay muy poca educación formal al respecto. Y su asimilación también requiere de esfuerzo.

2. Quien tiene metas claras y es juzgado como “soñador”, debe enfrentar cierto chantaje social por no tener los pies sobre la tierra (aparentemente). Además la “ambición” se suele ver como algo pecaminoso.

3. Implica pensar e imaginar el futuro, sin poderes sobrenaturales, en el marco de la propia incertidumbre del futuro.

En este sentido, podemos decir que la raíz de la motivación está en “la calidad” de las metas.

Indicadores de calidad en la definición de una meta

Sé que la palabra “calidad” en este contexto parece extraña. Permíteme desmenuzarla:

Por un lado está el valor que tiene la meta en la vida de uno. Es decir, su importancia, su trascendencia. ¿Cuántas otras metas dependen del logro de esa meta?

Por ejemplo, conseguir o mantener un trabajo, como principal fuente de sustento económico, es una meta trascendente, con “efecto dominó”. Es decir, sin trabajo no hay ingresos y sin estos no se pueden lograr muchas otras cosas.

Después, está la emoción que genera la meta: ¿Cuánto me apasiona lograrla?… ¿Despierta y estimula mi espíritu emprendedor?… ¿Me hace brillar los ojos cuando hablo de ella?… ¿Estoy dispuesto a dejar otras metas por esa?… ¿Me reta a enfocarme en ella y a no dejar distraerme?

Pero si el proceso de lograr una meta me hace sentir que se trata principalmente de un sacrificio, entonces la emoción que generará es negativa y no me producirá pasión.

Quizás resulte más fácil entender este punto en las personas que disfrutan mucho de su trabajo. Debido a que no lo sienten como un sacrificio, se les hace ligero, lo hacen más rápido, el tiempo les rinde más, son más productivos, son más felices y se cansan menos.

Consecuencias de las emociones que genera una meta.

Otras consecuencias de las emociones que genera una meta, que ayudan a comprender su verdadera importancia y valor en nuestra vida, las puedes ver en estas reflexiones:

¿Cuánto estoy dispuesto a perseverar por el logro de esa meta, con conciencia de las dificultades?

¿Cuánto me afectan los obstáculos en el camino hacia esa meta?… La necesidad de reposar no es una debilidad, ¿pero estoy dispuesto a levantarme y proseguir después de cada caída en ese camino?…

Asimismo, es humano y sano dudar, ¿pero el miedo a cometer errores me paraliza?… ¿La incertidumbre me paraliza?… ¿Los errores son una fuente de frustración o una afortunada guía que me indica por dónde continuar?

La calidad de una meta se traduce en foco y productividad:

Focalizarse en el logro de una meta demuestra que la hemos asumido con la mayor convicción y pasión.

Focalizarse es concentrar las energías de la mejor manera, para ser más productivos en la consecución de esa meta que nos apasiona.

Distraerse y perder el foco sirve de indicador de que a la meta le falta más definición, o hace falta refrescarla, o actualizarla.

Focalizarnos en la meta nos permite aprovechar mejor el tiempo, la inteligencia, la creatividad. Y nos facilita tomar decisiones que no nos desvíen del rumbo.

Al usar eficientemente la energía personal, también nos cansamos menos y resistimos mejor frente a las adversidades propias de todo proceso.

Focalizarse es una elección, una decisión consciente, una consecuencia de una meta bien definida, y una evidencia de que esa meta nos apasiona.

En otras palabras, una meta de “buena calidad” contiene los motivos necesarios y suficientes para motivarnos, apasionarnos, focalizarnos y esmerarnos en lograrla.

Si no se tiene un foco sobre el cual dirigir el esfuerzo, o si se pierde en el camino, las consecuencias son predecibles: des-organización, dispersión, desorden y cansancio.

¿Y el componente “tiempo”?

Quizás resulte ser el más complejo de los componentes de una meta, porque es paradójico: las metas más trascendentes en nuestras vidas son las de más largo plazo. Por lo tanto, son las más difíciles de definir y conseguir.

Mientras más distante sea el futuro, más se desdibuja. Y mientras más tiempo tome el logro de una meta, más paciencia, constancia y capacidad de foco hacen falta.

Para definir bien una meta, es indispensable establecer un plazo para lograrla. La distancia del tiempo es la principal ayuda que tenemos para evaluar si nos acercamos o no a la meta.

Si no establecemos un lapso específico para una meta, es más difícil darnos cuentas de que en un momento nos estamos alejando de la misma.

No se trata de pensar en el tiempo como si se tratara de la puntualidad de una cita, sino como un instrumento esencial de orientación, como una brújula o un faro costero.

La noción del tiempo nos ayuda a diferenciar el valor, la importancia y la trascendencia de una meta. En este sentido, es más fácil comprender por qué las metas que toman más tiempo suelen ser las más importantes.

Pensar nada más en términos de corto plazo, nos lleva a desesperarnos más fácilmente, a perder el foco, a distraernos y dispersarnos, a cansarnos más rápido, y a perder la energía vital para perseverar y ser constantes.

Adicionalmente, la noción del tiempo es también el principal recurso para decidir prioridades. Visualizar el tiempo, como si fuera un camino, nos ayuda a ver mejor qué nos conviene hacer primero, qué debemos dejar para después y en qué invertir más energías.

La coherencia entre diferentes metas también cuenta

Todos tenemos diferentes metas en nuestras vidas. Algunas están relacionadas entre sí y otras no. Pero lo ideal es que todas tengan algún grado de conexión. Esos vínculos aportan coherencia y sinergia que ayuda a alcanzarlas todas.

Pero lograr que haya vinculación entre las metas es, probablemente, la más retadora de las metas, porque es algo que se ubica en el centro de la gran complejidad de la mente humana.

Lo que propongo no tiene que ver con el idealismo de ser coherentes y perfectos, sino con la búsqueda de eficiencia en el esfuerzo implícito de luchar por algo.

Es decir, en la medida que haya más metas conectadas entre sí, en esa misma medida habrá más posibilidades de lograrlas.

La razón de esta ventaja es que el esfuerzo hacia una meta se vuelve útil y valioso para el logro de las demás.

Mientras más coherencia haya entre mis metas, más eficiente puedo ser para alcanzarlas. Esa coherencia me provee de más capacidad de foco y resistencia con las adversidades.

Creo que ahora cuentas con más referencias para responder el título de este artículo: “¿Quién se cansa más rápido y deja de perseverar?”.

Juan C. Jiménez.